Fuente: Revista Cult
Escribe: Paulo Scott
Hola, tú del futuro.
Comencé a escribir este ensayo hace tres semanas, después de leer el siguiente contenido en el sitio web oficial de la Fiscalía del estado de São Paulo, el 26 de mayo de 2026: “En una entrevista concedida a Jornal Gente , en Rádio Bandeirantes, el Fiscal General de Justicia Paulo Sérgio de Oliveira e Costa defendió la celebración de un plebiscito para que la población pueda expresar su opinión sobre la reducción de la edad de responsabilidad penal”.
Para comprender el contexto en el que se dio la respuesta del jefe de la Fiscalía de São Paulo, fui al canal de YouTube de la radio Bandeirantes y vi la entrevista.
Tras tres horas y diez minutos de programa, el locutor del programa "Jornal Gente" formuló la siguiente pregunta : "Quisiera hablar con usted sobre un tema muy importante para la audiencia de Bandeirantes, que incluye el hecho de que estamos incluyendo declaraciones de diputados que se expresan a favor o en contra, o que no se pronuncian en absoluto, sobre el tema de la edad de responsabilidad penal. Me gustaría saber su opinión al respecto".
La respuesta del Fiscal General fue: “En 2003, 2004, presidí el antiguo Febem [un centro de detención juvenil], y en ese momento, ocurrió el incidente que involucró a Champinha [el adolescente responsable de las muertes de Liana Friedenbach, de 16 años, y Felipe Silva Caffé, de 19, quienes, sin el conocimiento de sus padres, decidieron pasar un fin de semana acampando cerca de una propiedad abandonada en Embu-Guaçu]. Él mató a esa pareja en un crimen bárbaro. El tema de la edad de responsabilidad penal se discutió entonces. En ese momento, incluso presentamos un proyecto de ley para aumentar la duración máxima de la detención, que actualmente es de tres años. Y que, para casos atroces, podría haber un aumento muy grande. Y, paralelamente, dije que con respecto al tema de la edad de responsabilidad penal, veo esto como una cuestión de plebiscito; me gustaría mucho que la gente lo sometiera a la población brasileña para que la población pueda decir qué espera del trato en relación con…” "La delincuencia juvenil se refiere a los delitos cometidos por estos individuos. Así que creo que el Congreso Nacional podría aprovechar este momento e incluso proponer una especie de... o incluso un plebiscito, ya que es una cuestión constitucional."
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La sugerencia de un plebiscito, como la realizada por el Fiscal General de São Paulo, recientemente reelegido por el Gobernador Tarcísio Gomes de Freitas (cuyo mandato al frente del Poder Ejecutivo de São Paulo se ha caracterizado por un aumento descontrolado de la violencia policial contra el segmento más marginado de la población, un segmento compuesto principalmente por personas negras) –y aquí no pretendo analizar las razones que lo llevaron a esta declaración– podría ser pertinente desde un punto de vista legal si, además de tantos otros argumentos, no prevaleciera en nuestro país la interpretación doctrinal consolidada de que tal reducción de la edad de responsabilidad penal sería una afrenta a la Constitución y a su promesa de establecer un Estado de Derecho democrático, y sería flagrantemente inconstitucional.
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Dos días después de escuchar las respuestas del Fiscal General, me topé con otra entrevista que también me llamó la atención. Fue publicada el 28 de mayo de 2026 por el periódico Extraclasse, de Porto Alegre, y fue realizada por el periodista César Fraga con motivo del lanzamiento del libro « Seguridad Pública: Violencia, Miedo y Política en Brasil» (Alameda, 2026). El entrevistado fue el jurista de Rio Grande do Sul, Rodrigo Ghiringhelli de Azevedo, autor del libro y una de las figuras más destacadas en los estudios sobre violencia, el sistema penal y la seguridad pública en el país.
El periodista preguntó: «Usted sostiene que el populismo penal simplifica problemas complejos y moviliza emociones como el miedo y la indignación. ¿Cómo funciona este mecanismo en la práctica en el debate público brasileño sobre seguridad?».
Y el jurista respondió: “He estado siguiendo este tema de las reformas penales en Brasil y América Latina desde la década de 1990, cuando comencé mi investigación de maestría y doctorado sobre el tema en Brasil y Argentina. En ese contexto de redemocratización, tanto aquí como en otros países del continente, ya se observaba una creciente inflación punitiva. Un autor español, Jesús-María Silva Sánchez, publicó el libro *La expansión del derecho penal * en ese momento , tratando precisamente este fenómeno. El contexto democrático y parlamentario terminó abriendo espacio para una dinámica de endurecimiento penal, tanto debido a la presión de grupos más derechistas, enfocados en aumentar las penas y el uso más ostentoso de la violencia estatal, como debido a las demandas de movimientos sociales progresistas, que también recurrieron al derecho penal para proteger agendas específicas, como los movimientos feministas, negros y ambientalistas. Desde entonces, esto no ha hecho más que profundizarse. El nuevo elemento es la consolidación de una narrativa de populismo penal o populismo punitivo, muy presente en los discursos de la nueva derecha y la extrema derecha en todo el mundo. Algunos grupos han comenzado a explorar cuestiones morales y consuetudinarias, especialmente la seguridad pública, abogando por penas más severas, una ejecución penal más rigurosa y garantías procesales más flexibles. En Brasil, esto se evidencia claramente en los parlamentarios vinculados a corporaciones policiales, quienes utilizan esta imagen de "luchadores contra el crimen" para obtener votos. El problema radica en que muchas de estas propuestas carecen de racionalidad y no se someten a una evaluación seria de su capacidad para reducir la delincuencia. El ejemplo clásico fue la Ley de Delitos Graves, promulgada durante el gobierno de Collor: endureció las penas y la ejecución penal sin lograr una reducción efectiva de la violencia. El objetivo principal no es presentar resultados concretos, sino movilizar emociones sociales, especialmente el miedo y la inseguridad, atrayendo a un electorado que cree que estas medidas resolverán el problema.
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Es importante señalar que, en este momento en nuestro país, existe una alta probabilidad de que el Congreso Nacional apruebe la Propuesta de Enmienda a la Constitución (PEC) que reducirá la edad de responsabilidad penal de dieciocho a dieciséis años en algún momento de 2026.
Pocos días después de enviar la primera versión de este ensayo al editor, se desató un debate en Brasil sobre la aprobación, en la Comisión de Constitución y Justicia (CCJ) de la Cámara de Diputados, de la admisibilidad de la enmienda constitucional propuesta (PEC 32 y enmiendas conexas) que reduce la edad de responsabilidad penal de los 18 años actuales a 16 años (Fuente: Agência Câmara de Notícias). Esto ocurrió el 10 de junio de 2026, con una votación de 44 a 18.
Después de eso, añadí algunos datos nuevos.
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Desde esta perspectiva, lo que más me llama la atención es la lógica del capitalismo, alimentada por la ambición neoliberal de obtener rentas y sus perjudiciales consecuencias económicas y financieras. Esta lógica se basa en el hecho de que más del noventa por ciento de la población brasileña permanece presionada, temerosa, endeudada, acorralada y atrapada dentro de sus mecanismos estructurales, de modo que el desorden establecido continúa alimentando el saqueo de la riqueza del país. Esta lógica, para tener éxito en su tarea de explotar y oprimir, necesita estigmatizar a las personas (ampliar el espectro de personas estigmatizadas), distinguirlas negativamente y elegir enemigos (estatus sociales e identidades enemigas).
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Respecto al desorden frente al orden , debo decir: por un lado, existe una burguesía tradicional que se siente cómoda en su lugar habitual (este es el caso, por ejemplo, de la élite bancaria tradicional); por otro lado, existe una burguesía emergente (que incluso mantiene una fuerte conexión con los polos de violencia paralelos al Estado, como las milicias y el crimen organizado que blanquean dinero a través de las fintechs, estos nuevos actores del sector financiero centrados en ofrecer servicios financieros menos burocráticos y controlados, servicios más ágiles y accesibles mediante tecnologías avanzadas) que, impulsada por el deseo de pertenecer al club privado del 0,1% de la población, no ve ningún problema en entornos sociales donde prevalecen la violencia y el caos, siempre y cuando —redoblando la apuesta de la burguesía tradicional— gane y ascienda en la jerarquía de rentistas y otros beneficiarios de la explotación. Ya sea para un grupo u otro, el capitalismo (y la búsqueda de rentas neoliberales) necesita que la desigualdad socioeconómica se agudice aún más, lo cual solo puede renovarse y expandirse reforzando el miedo. Es necesario mantener nuestro orden de desorden , que no duda en eliminar a aquellos que deben permanecer fuera del club privado de la élite: sus voces, sus sueños, sus futuros.
En este contexto, el grupo de personas que el Estado pretende eliminar incluye a jóvenes negros de las periferias, que se encuentran en primera línea. Y el discurso de reducir la edad de responsabilidad penal se alinea con la misión de estigmatizarlos aún más (y hacerlos más vulnerables al estigma), convirtiéndolos en objetivos aún más claros en la elección de los enemigos: monstruos del Estado y de la supuesta sociedad de hombres de bien.
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Entre las declaraciones más contundentes que encontré sobre el choque de posturas políticas respecto a la propuesta, se encuentra la siguiente de la diputada federal de São Paulo, Sâmia Bomfim (disponible en varios canales de YouTube), realizada el 10 de junio de 2026: “¿Saben cuál será el efecto de esta PEC si se aprueba? Los narcotraficantes [niños y adolescentes que transportan y distribuyen pequeñas cantidades de drogas en las calles o en puntos de venta] serán cada vez más jóvenes. Porque aquí [en el Congreso Nacional] nadie combatirá el crimen, solo actuarán sobre la punta del iceberg, que es no saber qué más hacer y meterlos [a los adolescentes] tras las rejas. Ellos… El narcotráfico, las pandillas… Buscarán a gente aún más joven. Si hoy son 16 años, serán 14, serán 12. Entonces habrá un genio aquí que dirá: entonces la reducción tiene que ser a 14, a 12. Entonces buscarán al niño de 10 años. Entonces buscarán al niño de…” 9. Pronto querrán meter a niños pequeños tras las rejas porque no se enfrentan a la lógica del narcotráfico ni a por qué reclutan a niños y adolescentes para desempeñar ese papel. Lo meten en la cárcel porque nadie ha podido resolver la vida de este adolescente. ¿Y qué resuelve entonces algún genio? Ponerlo en contacto aún más con presos mayores de 18 años para que se convierta en miembro de una pandilla y, así, siga sembrando horror, muerte y violencia en la sociedad brasileña.
Es imposible no pensar en los personajes infantiles de la novela Ciudad de Dios (Companhia das Letras, 1997), del escritor riojunio Paulo Lins. La ficcionalización que crea el autor, su enfoque magistral de la violencia y las emociones, produce un efecto impactante cuando delimita la presencia de niños, de diez años o incluso más pequeños, portando armas, trabajando para narcotraficantes que los reclutan y asesinando a sus rivales o a sus víctimas en robos. Establece un lenguaje que resuena inevitablemente en la imaginación de quien se adentra en la lectura de la obra; a veces, el impacto es devastador.
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En cuanto a la estigmatización, recuerdo lo que dijo el profesor César Gustavo Ramos de Rio Grande do Sul en uno de los ensayos de la colección * Encontros entre direito e literatura: Pensar a arte* (Encuentros entre derecho y literatura: Pensar a arte) , organizada por los profesores Clarice Beatriz da Costa Söhngen y Alexandre Costi Pandolfo (EDIPUCRS, 2008), también de Rio Grande do Sul: “Un estigma invade la noción de identidad del sujeto al que se relaciona. Cuanto mayor sea el atractivo social reservado para esta marca, más posibilidades hay para que el individuo [estigmatizado] acepte esta imagen. Este reconocimiento crea un círculo, similar a un espejo, y la imagen proyectada pasa a formar parte de, constituye –con el riesgo de apropiarse– la comprensión del 'Yo' y las experiencias hasta ese momento. Se moldea una nueva individualidad. // Adicta e inmersa en la imagen formateada por las expectativas sociales, la individualidad, domesticada, comienza a cumplir las expectativas atribuidas a El número y las posibilidades de establecer nuevas estrategias frente a diversas situaciones se reducen drásticamente, rodeando las relaciones sociales con predicciones de que esta "categoría"... "Humano" atribuye esto a las vicisitudes de la coexistencia.
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Sin importar lo que se diga en contrario, porque las estadísticas no mienten —véase, por ejemplo, el Anuario de la Población Negra en Brasil (Alma Preta Jornalismo, 2026; organizado por Camila Rodrigues da Silva)—, la estigmatización en un país como Brasil (e incluso en el mundo actual) está inevitablemente ligada al racismo. Es una marca (y también un producto) de una elección civilizatoria, un proyecto, una lógica de producción económica basada en la violencia de la discriminación, la humillación y el descrédito del otro como ser merecedor de derechos —tal como Winnie Bueno nos recordó en su excelente ¿ Por qué no me crees? (Harper Collins, 2023)—, una lógica económica que termina siendo compartida (inocentemente o no) por quienes gobiernan y administran el sistema legal.
La estigmatización de las personas, y su expansión, está ligada a la solución de reducir la edad de responsabilidad penal; y, dentro de la estigmatización, se encuentra el camino hacia algo peor: la selección supuestamente discrecional (en realidad, siempre arbitraria) del enemigo -monstruo , la selección de alguien que, debido a su estatus social, será sumariamente anulado, eliminado por el Estado.
En este contexto, no basta con que una persona de piel morena u oscura de la periferia sea estigmatizada para que el sistema desordenado funcione de manera colonial y ordenada (no olvidemos la frase atribuida a la exfiscal Deborah Duprat: "Brasil en 2021 está más cerca de 1500 que de 1988"); es necesario etiquetarla como una presencia monstruosa , tratarla como un enemigo monstruoso , una amenaza peligrosa (esta lógica será muy útil incluso para las oleadas neofascistas y neonazis), para que se vuelva temible, para que se convierta en un monstruo . Y esto, por defecto, cuanto antes mejor, y el miedo debe amplificarse al mayor número posible de adolescentes negros, y las excusas para sus muertes deben ser aún más fáciles de producir y aceptar. En esta conducta política malévola, la persona subyugada que deja de ser una pieza estigmatizada explotable (y un cuerpo conveniente) para la élite se convierte en una amenaza irrefutable, recalco, se convierte en un enemigo monstruoso .
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La entrada para "monstruo" en el Diccionario Houaiss de la Lengua Portuguesa dice: "[...] 2. Cualquier ser o cosa contraria a la naturaleza; [...] un cuerpo de conformación anómala en su totalidad o en una de sus partes; aberración. 3. [...] un individuo muy malo, cruel; un individuo inhumano, atroz [...] 4. [...] cualquier ser o cosa horrenda, aterradora, excesivamente fea y/o extraña ( incluso cuidando su apariencia, seguía siendo un monstruo ) [...]".
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El escritor argentino César Aira explora el concepto del monstruo de una manera muy relevante para lo que intento desarrollar aquí. En uno de los ensayos de su *Pequeño manual de procedimientos* (Arte & Letra, 2007; traducido por Eduard Marquardt), observa: “[…] una especie que consta de un solo ejemplar. Cuando hay un monstruo, es inevitable que haya un cazador obsesionado con él […]. La muerte del monstruo es la extinción de su especie […]. Debido a su singularidad, el monstruo no puede reproducirse, aunque compensa su soledad con una capacidad diabólica para reduplicarse […] como una imagen, un signo […]”.
Esta idea de vincular el término "monstruo" con algo que necesita ser cazado y erradicado es lo que, en este momento, me parece importante aprovechar en el ensayo del célebre escritor argentino.
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La invención de lo que podemos llamar la " presencia monstruosa" (que forma parte de la negación de la dignidad humana a las personas negras e indígenas, afirmando que no son iguales a las blancas, que no poseen la humanidad de una persona blanca), en Brasil, desde una perspectiva histórica, adquirirá una nueva dimensión, una nueva sofisticación, tras la entrada en vigor de la Ley de Oro y la Proclamación de la República. A partir de la institución de la República, este cambio adquiere mayor complejidad y alcance, evidenciando ciclos de nueva violencia que se presentan como un verdadero proceso de aislamiento racial a lo largo de las décadas siguientes. Estos son dos momentos que sitúan la relación entre el Estado brasileño y las personas no blancas en un plano diferente.
Consideremos lo que observa Érico Andrade en su libro * Negritude sem identidade: Sobre as narrativas singulares das pessoas negras * (n-1 ediciones, 2023): “[…] el Estado brasileño se comprometerá, en el período posterior a la abolición, a segregar el cuerpo negro del espacio público en forma de una especie de violencia preventiva frente al ‘desorden’. Este desorden acompañaría al cuerpo negro en sus más diversas manifestaciones culturales. La violencia preventiva designa la acción del Estado brasileño para marginar al cuerpo negro. En este sentido, el cuerpo negro se encuentra emboscado.”
En algún punto de su proceso de dominación del territorio brasileño, esta élite burguesa, que aspira a ser un eterno Narciso-rey y que siempre se beneficia del desorden y el orden , se da cuenta de que el grado de estigmatización de los indígenas y los negros debe elevarse a otro nivel y proclama: no se dialoga con los monstruos . El cambio de la estigmatización subyugadora (irrespetuosa) a la invención del monstruo , a la caza y condena del monstruo , puede ser sutil . Esta solución depende del éxito de la anterior.
Así, la élite burguesa y el Estado a su servicio deciden transformar todo el proceso en una temporada de caza perpetua, apuntando a los subordinados con maniobras institucionales muy sutiles, maniobras institucionales nada sutiles, que los marcan como el enemigo- monstruo , la presencia - monstruo , del proyecto de construir un Brasil ideal , lo que justificará poner en marcha una máquina de opresión más agresiva y elaborada, una ideología más eficaz de desacreditar, silenciar, aplastar y extinguir.
Para los jóvenes negros de las afueras de la ciudad, todo lo que he expuesto aquí, reitero, se relaciona con la gravedad que aumentará con la aprobación de la reducción de la edad de responsabilidad penal. Y esto, reconocido por la ley vigente, es trágico.
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Finalmente (y justificando el título del ensayo), relatando una experiencia que se desarrolla en un contexto diferente al de la colonialidad brasileña, pero que demuestra claramente lo que podría ser este cambio en la mirada estigmatizante y exterminadora del colonizador (transfigurando el lenguaje del cambio de un sentimiento de desprecio capaz de subyugar a un sentimiento de repulsión y pavor capaz de exterminar), son los siguientes valiosos extractos del libro Piel negra, máscaras blancas (Ubu Editora, 2020; traducido por Raquel Camargo y Sebastião Nascimento) de Frantz Fanon: “Desde hace algunos años, los laboratorios han estado tratando de descubrir una poción para desnegrecer; con la mayor seriedad han enjuagado sus tubos de ensayo, calibrado sus balanzas y comenzado investigaciones que permitirán a los negros pobres blanquearse y así no tener que soportar más el peso de esta maldición corporal. Yo había creado, bajo el esquema corporal, un esquema histórico-facial. Los elementos que utilicé no me fueron proporcionados por «Residuos de sensaciones y percepciones de un orden principalmente [poco claro]. Táctil […] y visual», pero por otro lado, el blanco que tejía miles de detalles, anécdotas, para mí. Pensé que tenía que construir un yo fisiológico, equilibrar el espacio, localizar sensaciones, y entonces me pidieron un suplemento. «¡Mira, una persona negra!». Era un estímulo externo que me pinchaba […] yo dibujaba una sonrisa. // «¡Mira, una persona negra!». Era cierto, me estaba divirtiendo. // «¡Mira, una persona negra!». El círculo se fue estrechando gradualmente. Me estaba divirtiendo abiertamente. // «Mamá, mira a la persona negra, ¡tengo miedo! ¡Miedo! ¡Miedo!». Y ahora yo era la que infundía miedo. Quería divertirme con eso hasta ahogarme, pero eso se había vuelto imposible para mí.
Y el autor continúa: “¿Dónde puedo esconderme? // – ¡Mira, el hombre negro!... ¡Mamá, un hombre negro!... ¡Silencio! Se va a enojar... No le hagas caso, señor, no sabe que usted es tan civilizado como nosotros... // Mi cuerpo me fue devuelto desmembrado, roto, destrozado, todo llorado en aquel blanco día de invierno. El hombre negro es una bestia, el hombre negro es malvado, el hombre negro es malicioso, el hombre negro es feo; mira, un hombre negro, hace frío, el hombre negro tiembla porque siente frío, el niño tiembla porque le tiene miedo al hombre negro, el hombre negro tiembla de frío, ese frío que cala hasta los huesos, el niño hermoso tiembla porque cree que el hombre negro tiembla de rabia, el niño blanco corre a los brazos de su madre: Mamá, el hombre negro me va a comer.”
Mamá, el monstruo enemigo me va a comer. No importa si sigue siendo un adolescente condenado a la pobreza o la miseria (si tiene 16 o 14 años y sueña con un futuro como el que yo tengo derecho a soñar), el monstruo me va a comer. Me va a comer. Me va a comer.
Olá, você do futuro.
Comecei a escrever este ensaio, há três semanas, depois de ter lido, na página oficial do Ministério Público do estado de São Paulo, no dia 26 de maio de 2026, o seguinte conteúdo: “Em entrevista concedida ao Jornal Gente, na Rádio Bandeirantes, o procurador-geral de Justiça Paulo Sérgio de Oliveira e Costa defendeu a realização de um plebiscito para que a população se manifeste sobre a redução da maioridade penal”.
Para entender o contexto em que a resposta do chefe do Ministério Público de São Paulo se deu, fui ao YouTube da rádio Bandeirantes e assisti à entrevista.
Após três horas e dez minutos de programa, está a seguinte pergunta feita pela radialista participante do Jornal Gente: “Gostaria de falar com o senhor sobre um assunto que é muito caro para o público da Bandeirantes, inclusive nós estamos colocando o depoimento de deputados se manifestando contra ou a favor, ou então não se manifestando, a respeito do assunto da maioridade penal, eu gostaria de saber a sua opinião sobre isso?”.
A resposta do procurador-geral foi: “Em 2003, 2004, eu presidia a antiga Febem e, naquela época, ocorreu aquele fato envolvendo o Champinha [adolescente responsável pelas mortes de Liana Friedenbach, de 16 anos, e Felipe Silva Caffé, de 19, que, sem o conhecimento de seus pais, decidiam passar um final de semana acampando perto de um sítio abandonado em Embu-Guaçu] que matou aquele casal num crime bárbaro que aconteceu. E ali se discutiu a maioridade penal. Naquele momento, nós chegamos a apresentar uma proposta de lei no sentido de que se aumentasse o tempo de internação, que, hoje, é o máximo de três ano. E que, para casos hediondos, pudesse haver um aumento muito grande. E, paralelamente, eu dizia que na questão da menoridade ou da maioridade penal, eu vejo que esta é uma questão plebiscitária, eu desejaria muito que as pessoas submetessem isso à população brasileira para que a população dissesse a respeito do que espera do tratamento em relação à criminalidade juvenil, ao fato infracional praticado por essas pessoas. Então eu acho que o Congresso Nacional poderia aproveitar esse momento e até propor uma espécie mesmo… ou até um plebiscito, já que é uma questão constitucional”.
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A sugestão de um plebiscito, como a realizada pelo procurador-geral de Justiça de São Paulo reconduzido ao cargo recentemente pelo governador Tarcísio Gomes de Freitas (cujo mandato, na chefia do Poder Executivo paulista, vem sendo marcado pelo aumento desenfreado da violência policial contra a parcela mais subalternizada da população, parcela integrada, sobretudo, por pessoas negras) – e, aqui, não busco analisar as razões que o levaram a essa manifestação –, poderia ser pertinente do ponto de vista jurídico se, para além de tantos outros argumentos, não prevalecesse, em nosso país, a consolidada interpretação doutrinária de que tal redução da maioridade penal seria uma afronta à Constituição e à sua promessa de concretização de um Estado Democrático de Direito, seria flagrantemente inconstitucional.
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Dois dias depois de escutar as respostas do procurador-geral, deparei-me com outra entrevista que também chamou a minha atenção. Ela foi veiculada, em 28 de maio de 2026, pelo Jornal Extraclasse, de Porto Alegre, e foi realizada pelo jornalista César Fraga por conta do lançamento do livro Segurança Pública – Violência, Medo e Política no Brasil (Alameda, 2026). O entrevistado foi o jurista gaúcho Rodrigo Ghiringhelli de Azevedo, autor do livro lançado e uma das principais referências nos estudos sobre violência, sistema penal e segurança pública no país.
O jornalista perguntou: “O senhor argumenta que o populismo penal simplifica problemas complexos e mobiliza emoções como medo e indignação. Como esse mecanismo opera na prática no debate público brasileiro sobre segurança?”.
E o jurista respondeu: “Eu acompanho essa questão das reformas penais no Brasil e na América Latina desde os anos 1990, quando iniciei minhas pesquisas de mestrado e doutorado sobre o tema no Brasil e na Argentina. Naquele contexto de redemocratização, tanto aqui quanto em outros países do continente, já se observava uma inflação punitiva crescente. Um autor espanhol, Jesús-María Silva Sánchez, publicou nessa época o livro A expansão do Direito Penal, tratando justamente desse fenômeno. O contexto democrático e parlamentar acabava abrindo espaço para uma dinâmica de endurecimento penal, tanto por pressões de grupos mais à direita, voltados ao aumento das penas e ao uso mais ostensivo da violência estatal, quanto por demandas de movimentos sociais progressistas, que também recorriam ao direito penal para proteger pautas específicas, como os movimentos feminista, negro e ambientalista. De lá para cá, isso só se aprofundou. O elemento novo é a consolidação de uma narrativa de populismo penal ou populismo punitivo, muito presente nos discursos da nova direita e da extrema direita no mundo inteiro. Esses grupos passaram a explorar pautas morais, de costumes e especialmente a segurança pública, defendendo aumento de penas, endurecimento da execução penal e flexibilização de garantias processuais. No Brasil, isso aparece fortemente em parlamentares ligados às corporações policiais, que utilizam essa imagem de ‘combatentes do crime’ para angariar votos. O problema é que muitas dessas propostas não guardam racionalidade nem passam por avaliação séria sobre sua capacidade de reduzir a criminalidade. O exemplo clássico foi a Lei dos Crimes Hediondos, ainda no governo Collor: endureceu penas e execução penal sem produzir redução efetiva da violência. O objetivo central não é apresentar resultados concretos, mas mobilizar emoções sociais, especialmente medo e insegurança, atraindo um eleitorado que acredita que essas medidas resolverão o problema”.
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Importante anotar que, neste momento, em nosso país, são altas as apostas de que o Congresso Nacional aprovará a Proposta de Emenda à Constituição (PEC) que reduzirá a maioridade penal de dezoito anos para dezesseis anos ainda neste 2026.
Poucos dias depois de eu mandar a primeira versão deste ensaio ao editor, estourou no Brasil o debate por conta da aprovação, na Comissão de Constituição e Justiça (CCJ) da Câmara dos Deputados, da admissibilidade da proposta de emenda à Constituição (PEC 32 e apensadas) que reduz a maioridade penal dos atuais 18 para 16 anos de idade (Fonte: Agência Câmara de Notícias). Foi no dia 10 de junho de 2026, com a votação de 44 votos a 18.
Acrescentei algumas poucas e novas informações depois disso.
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Desse conjunto de perspectivas, sobressai, para mim, a lógica do capitalismo, turbinada pela ambição neoliberal do rentismo e seus danosos desdobramentos econômicos e financeiros, que depende do fato de os noventa e tantos por cento da população brasileira permanecer pressionada, com medo, endividada, acuada, aprisionada à sua mecânica estrutural, para que a desordem-ordem instaurada continue alimentando o saque às riquezas deste país – essa lógica é uma lógica que para ter êxito na tarefa de explorar e oprimir precisa estigmatizar pessoas (ampliar o espectro de pessoas estigmatizadas), distingui-las negativamente, e eleger inimigos (status sociais e identidades inimigas).
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Sobre desordem-ordem, preciso dizer: existe, de um lado, uma burguesia tradicional que está confortável no seu lugar de sempre (é o caso, por exemplo, da elite banqueira tradicional); do outro, há uma burguesia emergente (que tem, inclusive, forte ligação com os polos de violência paralelos ao Estado, como as milícias e o crime organizado que lava dinheiro por meios das fintechs – esses novos jogadores do setor financeiro voltados a oferecer serviços financeiros menos burocratizados e controlados, serviços mais ágeis e acessíveis se valendo de tecnologias avançadas) que, tomada pelo desejo de ingressar no clube privê dos zero vírgula um por cento da população, não enxerga problema nenhum em ambientes sociais onde impere a violência e o caos, desde que – dobrando a aposta da burguesia tradicional – estejam ganhando e ascendendo no ranking dos agenciadores do rentismo e outros ganhos espoliatórios. Seja para um grupo, seja para o outro, o capitalismo (e o rentismo neoliberal) precisa que se torne ainda mais aguda a desigualdade socioeconômica, que só pode ser renovada e ampliada pela confirmação do medo. É preciso que se mantenha a nossa ordem da desordem que não hesita em eliminar as pessoas que devem ficar de fora do clube privê da elite, suas vozes, seus sonhos, seus futuros.
Nesse contexto, o conjunto dos elimináveis pelo Estado tem nos jovens negros das periferias os primeiros da fila. E o discurso da redução da maioridade penal vai ao encontro da missão de torná-los ainda mais estigmatizados (e estigmatizáveis), ainda mais alvos-confirmados na eleição dos inimigos-monstros do Estado e da dita sociedade dos homens de bem.
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Entre as manifestações mais contundentes que encontrei no confronto de posições políticas a respeito da proposta, está a seguinte fala da deputada federal paulista Sâmia Bomfim (que pode ser encontrada em diversos canais do Youtube) realizada no dia 10 de junho de 2026: “Sabe qual vai ser o efeito desta PEC caso ela seja aprovada? Os aviõezinhos [crianças e adolescentes que transportam e entregam pequenas quantidades de drogas nas ruas ou pontos de venda] serão cada vez mais jovens. Porque aqui [no Congresso Nacional] ninguém vai estar combatendo o crime, vai estar atuando na ponta do iceberg, que é não saber mais o que fazer e botar ele [o adolescente] ali atrás da jaula. Eles vão… O tráfico de drogas, as facções… Elas vão buscar jovens ainda mais jovens. Se hoje é 16 anos, vai ter 14, vai ter 12. Aí vai ter um gênio aqui que vai dizer: então a redução tem que ser para 14, para 12. Aí você busca o menino de 10. Aí você busca o menino de 9. Daqui a pouco, vão querer que criancinha esteja atrás das grades porque não estão enfrentando a lógica do tráfico e do porquê eles aliciam as crianças e os adolescentes para que façam esse papel. Estão botando ele atrás da cadeia porque ninguém conseguiu resolver a vida desse adolescente. Aí tem um gênio que resolve o quê? Botar ele ainda mais em contato [com os presos de idade superior a 18 anos] para que seja um faccionado e para que, aí sim, siga produzindo o horror, a morte e a violência na sociedade brasileira”.
Impossível não pensar nas personagens crianças do romance Cidade de Deus (Companhia das Letras, 1997), do escritor fluminense Paulo Lins. A ficcionalização feita pelo autor, sua abordagem superlativa da violência e dos afetos, produz um efeito impactante quando circunscreve a presença infantil, de crianças de dez anos, ou até menos do que isso, portando armas, trabalhando para traficantes que as aliciam, e assassinando os desafetos ou as suas eventuais vítimas em assaltos. Estabelece uma linguagem impossível de não reverberar sobre o imaginário de quem se engaja na leitura da obra – em alguns momentos o impacto é devastador.
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Sobre a estigmatização, vem-me à cabeça o que disse o professor gaúcho César Gustavo Ramos em um dos ensaios da coletânea Encontros entre direito e literatura: Pensar a arte, organizada pelos professores gaúchos Clarice Beatriz da Costa Söhngen e Alexandre Costi Pandolfo (EDIPUCRS, 2008): “Um estigma invade a noção de identidade do sujeito ao qual é relacionado. Quanto maior o apelo social reservado a essa marca, mais possibilidades existem de uma aceitação dessa imagem pelo indivíduo [estigmatizado]. Esse reconhecimento cria um círculo, semelhante a um espelho, e a imagem projetada passa a fazer parte, constituir – com riscos de tomar para si – o entendimento do ‘Eu’ e das vivências até o momento. Molda-se uma nova individualidade. // Viciada e imersa na imagem formatada pelas expectativas sociais, a individualidade passa, domesticada, a cumprir as expectativas a ela atribuída. Reduzem-se drasticamente o número e as possibilidades de estabelecer novas estratégias frente às diversas situações, cercando as relações sociais de previsões que essa “categoria humana” atribui às vicissitudes da convivência”.
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Não importa o que se diga em contrário, pois as estatísticas não mentem – veja-se, a propósito, o recém-lançado Anuário da população negra no Brasil (Alma Preta Jornalismo, 2026; organização de Camila Rodrigues da Silva) –, a estigmatização em um país como o Brasil (e mesmo na atualidade mundial) está inevitavelmente vinculada ao racismo, é marca (e também é produto) de uma escolha civilizatória, de um projeto, de uma lógica de produção econômica que se baseou na violência da discriminação, da humilhação, do desacreditar a outra pessoa como um ser merecedor de direitos – exato como nos lembrou Winnie Bueno no seu ótimo Por que você não acredita em mim (Harper Collins, 2023) –, lógica econômica que acaba sendo compartilhada (inocentemente ou não) por quem rege e gerencia o andar jurídico.
À estigmatização de pessoas, e à sua ampliação, está conectada a solução da redução da menoridade penal – e, na estigmatização, está a passagem para algo pior: a supostamente discricionária (na verdade, sempre arbitrária) eleição do inimigo-monstro, eleição daquele que, pelo seu status social, será sumariamente anulável, eliminável pelo Estado.
Nesse quadro, não basta que a pessoa de pele parda ou retinta de periferia seja estigmatizada, para que o sistema em desordem possa, colonial e ordenadamente (não esqueçamos a frase atribuída à ex-procuradora da república Deborah Duprat, “O Brasil em 2021 está mais perto de 1500 do que 1988”), funcionar, ela precisa ser rotulada de presença-monstro, ser tratada como inimigo-monstro, perigosa ameaça (essa lógica será de grande utilidade inclusive às ondas neofascistas e neonazistas), torne-se temível, torne-se monstro. E isso, por padrão, quanto mais cedo melhor – e que o medo seja ampliado para o maior número de adolescentes negros possível e que as desculpas pelas suas mortes sejam ainda mais fáceis de serem produzidas e acatadas. Nessa condução política maléfica, o subalternizado que deixa de ser uma peça estigmatizada explorável (e corpo conveniente), para a elite, vira ameaça irretorquível, enfatizo, vira inimigo-monstro.
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No verbete monstro do Dicionário Houaiss da Língua Portuguesa está escrito: “[…] 2. Qualquer ser ou coisa contrária à natureza; […] corpo de conformação anômala na sua totalidade ou em uma de suas partes; aberração. 3. […] indivíduo muito ruim, cruel; indivíduo desumano, atroz […] 4. […] qualquer ser ou coisa horrenda, pavorosa, excessivamente feia e/ou bizarra (mesmo cuidando da aparência, continuava um monstro) […]”.
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O escritor argentino César Aira trabalha o conceito de monstro de maneira muito pertinente ao que estou aqui tentando elaborar. Ele observa em um dos ensaios do seu Pequeno manual de procedimentos (Arte & Letra, 2007; tradução de Eduard Marquardt): “[…] uma espécie que consiste de um só exemplar. Quando há monstro, é infalível que haja um caçador obcecado por ele […]. A morte do monstro é a extinção de sua espécie […]. Por ser único, o monstro não pode se reproduzir, embora compense sua solidão com uma diabólica capacidade de se reduplicar […] como imagem, signo […]”.
Essa ideia de vincular o termo monstro à designação de algo que precisa ser caçado e extinto é o que, neste momento, me parece importante aproveitar do ensaio do festejado escritor argentino.
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A invenção do que podemos chamar de presença-monstro (que é parte do negar dignidade humana a pessoas negras e indígenas, do afirmar que ela não é igual a uma pessoa branca, não tem a humanidade de uma pessoa branca), no Brasil, em perspectiva histórica, ganhará nova dimensão, nova sofisticação, após os adventos da Lei Áurea e da Proclamação da República – a partir da instituição da República, esse deslocamento ganha complexidade e amplitude maiores, mais evidentes, ciclos de novas violências que se oportunizam como verdadeiro processo de isolamento racial ao longo das décadas seguintes. São dois momentos que colocam a relação entre o Estado brasileiro e as pessoas não brancas em outro plano.
Veja-se o que observa Érico Andrade no seu livro Negritude sem identidade: Sobre as narrativas singulares das pessoas negras (n-1 edições, 2023): “[…] o Estado brasileiro se comprometerá, no pós-abolição, em segregar o corpo negro do espaço público na forma de uma espécie de violência preventiva em face da ‘desordem’. Essa desordem acompanharia o corpo negro em suas mais diversas manifestações culturais. A violência preventiva designa a ação do Estado brasileiro para marginalizar o corpo negro. Nesse sentido o corpo negro se encontra emboscado”.
Em algum momento do seu processo de dominação do território brasileiro, essa elite burguesa, pretendendo-se eterna Narciso-rei, e sempre ganhando com a desordem-ordem, percebe que o grau da estigmatização das pessoas indígenas e negras deve ser deslocado para outro patamar e proclama: não se dialoga com monstro – e pode ser sutil o passar da estigmatização subalternizadora (desrespeitosa) para a invenção do monstro, para a caçada e a condenação do monstro. Esta solução depende do sucesso daquela.
Assim, a elite burguesa e o Estado a seu serviço decidem por transformar o processo todo em uma perpétua temporada de caça, destinando aos subordinados movimentações institucionais muito sutis, movimentações institucionais nada sutis, que adesivem neles o rótulo de inimigo-monstro, presença-monstro, do projeto de construção de um Brasil ideal – o que justificará o colocar em movimento uma máquina mais agressiva e mais bem elaborada de oprimir, uma ideologia mais efetiva de desacreditar, de silenciar, de esmagar, de extinguir.
Para jovens negros da periferia, tudo isso que esboço aqui, reforço, tem a ver com a gravidade que se ampliará com a aprovação da redução da maioridade penal. E isso, admitido pelo direito posto, é trágico.
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Por fim (e justificando o título do ensaio), relatando experiência que se passa em contexto diferente do contexto da colonialidade brasileira, mas que demonstra bem o que poderia ser essa mudança de olhar estigmatizante e exterminador do colonizador (transfigurando a linguagem da mudança do sentimento de desprezo capaz de subalternizar para o sentimento de repulsa e pavor capaz de exterminar), são os preciosos seguintes trechos do livro Pele negra, máscaras brancas (Ubu Editora, 2020; tradução de Raquel Camargo e Sebastião Nascimento) de Frantz Fanon: “Já faz alguns anos que laboratórios tentam descobrir uma poção de desnegrificação; com a maior seriedade do mundo enxaguaram seus tubos de ensaio, calibraram suas balanças e deram início a pesquisas que permitirão aos pobres negros se branquearem e, assim, não mais terem de carregar o peso dessa maldição corporal. Eu havia criado, por baixo do esquema corporal, um esquema histórico-facial. Os elementos que utilizei não me foram fornecidos por ‘resíduos de sensações e percepções de ordem sobretudo tátil […] e visual’, mas pelo outro, o branco que teceu para mim milhares de detalhes, anedotas. Achava que tinha de construir um eu fisiológico, equilibrar o espaço, localizar sensações, e eis que me pediam um suplemento. ‘Olhe, um negro!’ Era um estímulo externo que me futucava […] Eu esboçava um sorriso. // ‘Olhe, um negro!’ Era verdade, eu me divertia. // ‘olhe, um negro!’ O círculo pouco a pouco se estreitava. Eu me divertia abertamente. // ‘Mamãe, olhe o negro, estou com medo! Medo! Medo!’ E eis que agora eu era temido. Queria me divertir com isso até engasgar, mas isso se havia tornado impossível para mim”.
E prossegue o autor: “Onde me esconder? // – Olhe o negro!… Mamãe, um negro!… Quieto! Ele vai se zangar… Não lhe dê atenção, meu senhor, ele não sabe que o senhor é tão civilizado quanto a gente… // Meu corpo me era devolvido desmembrado, desmantelado, arrebentado, todo enlutado naquele dia branco de inverno. O negro é uma besta, o negro é mau, o negro é malicioso, o negro é feio; olhe, um negro, faz frio, o negro treme porque sente frio, o menino treme porque tem medo do negro, o negro treme de frio, aquele frio de torcer os ossos, o belo menino treme porque acha que o negro treme de raiva, o menino branco corre para os braços da mãe: mamãe, o negro vai me comer”.
Mamãe, o inimigo-monstro vai me comer. Não importa se ainda é adolescente condenado à pobreza ou à miséria (se tem 16 ou 14 anos e sonha um futuro como o que eu tenho o direito de poder sonhar), o monstro vai me comer. Vai me comer. Vai me comer.