Escribe: German Mato Alves
Este texto está escrito por un hombre heterosexual, y soy consciente de que esa posición puede hacer que mi mirada resulte, cuanto menos, atrevida cuando se aproxima a debates que el feminismo ha construido históricamente desde las experiencias y las voces de las mujeres. No pretendo hablar en nombre del feminismo ni ocupar un lugar que no me corresponde. Pero como varon me parecio bien dar mi mirada, aunque se, que me toca escuchar mas que hablar en este tema.
La sociedad la construimos entre todos.
Cuando hablamos de denuncias falsas, el debate suele reducirse a aquellas que llegan formalmente a Fiscalía. Sin embargo, existe una zona mucho más difícil de medir: acusaciones, señalamientos o relatos de violencia que circulan socialmente, generan consecuencias y pueden instalar la etiqueta de “agresor” sobre una persona sin que exista una denuncia formal, una investigación suficiente o hechos comprobados.
Esto no significa negar la existencia de la violencia contra las mujeres. Todo lo contrario: una discusión responsable debe ser capaz de sostener dos principios al mismo tiempo: proteger a quienes realmente sufren violencia y respetar las garantías de quienes son acusados.
Las denuncias falsas o las acusaciones sin fundamento pueden terminar perjudicando incluso a las verdaderas víctimas, porque erosionan la credibilidad social de quienes denuncian situaciones reales y pueden ser utilizadas por los verdaderos agresores para decir que “todas las denuncias son falsas”.
También es importante comprender cómo puede manifestarse la violencia. Una mujer que atraviesa una situación de violencia doméstica no responde a un perfil único: puede ser de cualquier edad, nivel educativo, profesión o clase social.
Existen, sin embargo, señales de alerta que pueden justificar preocupación: aislamiento progresivo, alejamiento de familiares y amigos, pérdida de autonomía, miedo, control sobre sus actividades, cambios importantes en su manera habitual de relacionarse, abandono de actividades, ausencias laborales o una preocupación excesiva por lo que dice o hace.
También puede ocurrir que una mujer justifique constantemente a quien la violenta o se aleje de quienes intentan ayudarla. Esto no necesariamente significa que no necesite ayuda. Pueden intervenir el miedo, la dependencia económica o emocional, las amenazas, la manipulación o el control ejercido por el agresor.
Por eso, no se trata de buscar un “perfil de víctima” ni un “perfil de agresor”, sino de observar conductas, patrones y, sobre todo, el contexto.
Y aquí aparece una cuestión fundamental: una señal no es una prueba.
El hecho de que una persona tenga determinados conflictos interpersonales o presente alguna característica que asociamos culturalmente con la violencia no permite concluir, por sí solo, que sea un agresor. Del mismo modo, una determinada conducta de una mujer tampoco permite concluir automáticamente que sea víctima.
Desde una perspectiva psicológica, además, debemos ser cuidadosos con los sesgos de confirmación y los errores de atribución: una vez que colocamos a alguien dentro de una categoría —“víctima” o “agresor”— existe una tendencia a interpretar los hechos posteriores de manera compatible con esa etiqueta y a descartar aquello que la contradice. Debemos saber que las investigaciones sobre violencia de genero deben ser basante mas profundas, quedarse con una cuestion aparente perjudica. Claro, las feministas siempre suelen tener buena voluntad, e incluso, el movimiento feminista es un movimiento cargado de muy buenas intenciones, esto no quita que pueda existir tambien, personas que incorporen la lucha para beneficio propio, y se puedan ver favorecidas cuando existen vulnerabilidades en el sistema. Es que cuando existen cuestiones como dinero de por medio, siempre es bueno poder ver un poco mas alla, e investigar, esto por supuesto que son recomendaciones de feministas reconocidas, una es por ejemplo Rita Laura Segato, que habla de un feminismo capaz de incorporar una mirada mas amplia donde hay estructuras de poder, instituciones, condiciones económicas y culturales que determinan la lucha.
Las personas comunes pueden detectar señales y preocuparse por alguien cercano. Eso es positivo. Pero existe una diferencia entre observar una señal, expresar preocupación y afirmar como hecho que alguien está siendo violentado.
Lo responsable es hablar de indicios, escuchar, acompañar y, cuando corresponda, recurrir a profesionales y mecanismos institucionales adecuados. No convertir una sospecha en una sentencia social.
También debemos evitar el extremo contrario.
Utilizar casos particulares, denuncias falsas o errores del sistema para desacreditar la existencia de la violencia de género es igualmente irresponsable. Que puedan existir denuncias falsas, acusaciones sin fundamento o errores de valoración no significa que debamos poner sistemáticamente en duda a quienes atraviesan situaciones reales de violencia.
La discusión seria exige ambas cosas:
proteger y escuchar a las víctimas reales, pero también respetar la presunción de inocencia, la evidencia y el debido proceso antes de condenar a una persona.
No necesitamos elegir entre creerle a todas las acusaciones o creerle a ninguna.
Necesitamos algo más difícil: escuchar sin prejuzgar, proteger sin etiquetar y juzgar sobre la base de hechos y evidencia.
Y hay una razón adicional para hacerlo así: las falsas acusaciones no fortalecen la lucha contra la violencia; la debilitan. Pueden desviar recursos, generar injusticias y, paradójicamente, ofrecer argumentos a quienes realmente ejercen violencia para desacreditar a las víctimas verdaderas.
La defensa de las mujeres frente a la violencia y el respeto por las garantías individuales no son posiciones incompatibles. Una sociedad madura debería ser capaz de defender ambas.
911 — Emergencia inmediata.
0800 5000 — Denuncias de violencia doméstica y de género.
0800 4141 — Orientación y apoyo a mujeres.
4141 — Orientación desde celular.