Escribe: German Mato
Algo tan viejo como lo humano.
Aislar a quien sobresale no es una invención de nuestro tiempo.
La historia está llena de personas que, por sus ideas, capacidades o formas de desafiar el orden establecido, atravesaron períodos de exclusión, persecución o fuerte resistencia: Sócrates fue condenado por la sociedad ateniense; Spinoza fue expulsado de la comunidad judía de Ámsterdam; Galileo enfrentó a las autoridades de su tiempo; Nikola Tesla terminó marginado en buena parte de los circuitos de poder económico que rodeaban sus investigaciones; figuras políticas como José Mujica, Nelson Mandela, Mahatma Gandhi o Lech Wałęsa atravesaron distintas formas de persecución, encarcelamiento, clandestinidad o marginación antes de convertirse —en contextos muy diferentes— en referentes políticos de enorme influencia. No todos estos casos responden al mismo mecanismo ni sería correcto convertirlos en una simple lista de “personas excepcionales que fueron excluidas”. La cuestión es otra: muestran que las sociedades, instituciones y grupos pueden reaccionar con resistencia frente a quienes cuestionan jerarquías, valores o relatos establecidos. A veces esa resistencia termina fortaleciendo al individuo; otras veces lo destruye o lo mantiene en los márgenes. La historia no siempre premia inmediatamente a quien desafía el orden: muchas veces primero intenta silenciarlo.
A lo largo de la historia, las sociedades han mantenido una relación profundamente ambivalente con quienes destacan demasiado. El excepcional puede despertar admiración, pero también incomodidad; puede ser reconocido por su capacidad y, al mismo tiempo, percibido como una amenaza para los equilibrios existentes.
Autores como Vilfredo Pareto, Gaetano Mosca, Robert Michels, Pierre Bourdieu y Thorstein Veblen permiten pensar distintas dimensiones de este fenómeno: la formación y reproducción de las élites, la concentración del poder, la circulación de los recursos, la competencia por el reconocimiento y la manera en que los grupos establecen mecanismos —formales e informales— para preservar sus posiciones.
Desde esta perspectiva, el problema no siempre es la falta de capacidad del individuo. A veces ocurre exactamente lo contrario. Quien posee algunas cualidades, recursos simbólicos o capacidad para cuestionar consensos puede alterar las relaciones dentro de un grupo. Puede introducir preguntas incómodas, hacer visibles contradicciones, disputar prestigios o simplemente producir un contraste demasiado grande con quienes lo rodean.
El que sobresale puede ser admirado. Pero también puede generar competencia, inseguridad o temor, al punto de ser marginado, los ejemplos a lo largo de la historia abundan.
Y cuando alguien se diferencia demasiado del grupo, una de las formas más antiguas de neutralizar esa diferencia consiste en dejarlo afuera: no invitarlo, no integrarlo, minimizar sus capacidades, relativizar sus logros, mantenerlo a distancia o construir alrededor suyo un consenso silencioso de indiferencia.
La exclusión no siempre adopta la forma de un conflicto abierto. Muchas veces es mucho más sofisticada.
Consiste en no llamar. No responder. No incluir. No reconocer. No abrir la puerta. El grupo no necesariamente excluye al peor, a veces excluye a quien puede modificar demasiado el equilibrio existente.
Esto no significa, por supuesto, que toda persona excluida sea excepcional ni que toda exclusión constituya una prueba de superioridad. Ser rechazado no convierte automáticamente a nadie en “el mejor”. Pero tampoco puede suponerse lo contrario: que quien queda afuera necesariamente tiene un defecto que explica su exclusión.
En determinados contextos, la exclusión dice tanto —o incluso más— sobre el sistema que sobre la persona excluida.
De la tribu al algoritmo
Existe, además, un paralelo interesante con la biología y la evolución.
En numerosas especies aparecen comportamientos asociados a la competencia por recursos, territorio, reproducción y posición dentro de una jerarquía. Los individuos compiten, establecen alianzas, reconocen rangos y desarrollan mecanismos para limitar a determinados rivales.
La sociedad humana no puede reducirse, evidentemente, a una manada. Hacerlo sería una simplificación pobre de fenómenos culturales, políticos e institucionales enormemente complejos.
Pero tampoco somos completamente ajenos a esas dinámicas.
La búsqueda de estatus, el temor a perder posición, la competencia por el reconocimiento y la necesidad de pertenencia forman parte de una psicología social que luego las instituciones, las culturas y las tecnologías pueden amplificar, transformar o contener.
La modernidad no eliminó estos mecanismos.
Los sofisticó. Y la era digital los llevó a otra escala.
Hoy ya no es necesario reunir a la tribu alrededor de una fogata para decidir quién pertenece y quién queda afuera. Puede bastar un grupo de WhatsApp. Un algoritmo. Un hilo viral. Una versión falsa de los acontecimientos. Incluso algo tan aparentemente insignificante como hacer circular la idea de que alguien fue invitado a la gofata cuando en realidad nunca lo fue.
La exclusión contemporánea puede ser extraordinariamente silenciosa. No necesita una expulsión formal.
Puede producirse mediante el desplazamiento de una persona fuera de las conversaciones importantes, de las redes de confianza, de los espacios donde circula información o de aquellos lugares donde se construyen oportunidades.
Y ahí aparece una paradoja de nuestro tiempo: la misma tecnología que democratiza la visibilidad también puede democratizar la exclusión.
Internet permite que una persona desconocida alcance, en pocos días, una audiencia que antes hubiera necesitado décadas para construir. Pero esa misma capacidad de amplificación facilita la vigilancia, la comparación permanente, el desprestigio, la coordinación del rechazo y la formación de pequeñas comunidades digitales capaces de reforzar sus propios consensos.
La visibilidad se convierte así en un arma de doble filo. Cuanto más contraste produce una persona, mayor puede ser también la resistencia que genera, y hoy en dia las redes sociales esto lo amplifican..
Neutralizar el contraste
Un individuo particularmente capaz no necesariamente amenaza el sistema porque quiera destruirlo.
A veces basta con que exista. Basta con que haga preguntas que otros prefieren no formular. Basta con que conozca aquello que otros desconocen. Basta con que no necesite determinadas aprobaciones. Basta con que no acepte como naturales ciertas jerarquías. Basta, incluso, con que muestre que algunas reglas que parecían inevitables eran solamente costumbres.
Cuando aparece ese tipo de contraste, los grupos pueden desarrollar mecanismos para desviar la atención.
No siempre mediante una confrontación directa.
Mucho más frecuentemente mediante procedimientos pequeños y acumulativos: restarle importancia, cuestionar sus motivaciones, convertir sus capacidades en una amenaza moral, excluirlo de determinados espacios, impedir que su voz llegue a determinados interlocutores o construir alrededor suyo un clima de distancia.
En los entornos digitales pueden aparecer herramientas todavía más sofisticadas: silenciamiento, bloqueo, campañas de desprestigio, exclusión de conversaciones, reducción artificial de visibilidad o coordinación informal del rechazo.
Y cuanto mayor sea el conocimiento técnico y organizacional disponible, más eficientes pueden volverse determinados mecanismos. Pero hay algo todavía más importante: la exclusión contemporánea no necesita ser perfectamente coordinada para producir efectos coordinados.
Un grupo puede actuar de manera fragmentada y, sin embargo, generar un resultado colectivo.
Nadie tiene que decir explícitamente: “dejemos afuera a esta persona”. Puede simplemente suceder.
Uno no responde.
Otro no invita. Otro relativiza. Otro cambia de tema. Otro repite un rumor. Otro decide que “no es para tanto”. Y finalmente, cuando la persona mira alrededor, descubre que ya no está dentro.
La vieja paradoja
Tal vez por eso la historia de la excepcionalidad tenga una paradoja recurrente.
Las sociedades necesitan individuos capaces de innovar, cuestionar, crear y producir nuevas soluciones. Pero esos mismos individuos pueden incomodar a las estructuras que ya encontraron una forma relativamente estable de funcionar.
El grupo necesita al diferente para transformarse. Pero muchas veces necesita neutralizarlo para conservarse, a su vez, vale preguntarnos hasta que punto herramientas como el ceular han favorecido a otro tipo de individuos, es que cuando el relacionamiento interpersonal escasea y el celular manda, individuos audaces corren el riesgo de quedar aislados. Hoy en dia la IA tiene la capacidad excpecional de generar conocimiento, y alterar la realidad, por momentos parecen herraminetas pensada no para los mejores, sino para anularlos.
Ahí aparece una de las tensiones centrales de toda organización humana: la tensión entre pertenencia y autonomía, entre estabilidad y transformación, entre consenso y pensamiento crítico.
La fogata cambió.
La tribu también.
Pero algunas formas de pertenencia y exclusión siguen siendo sorprendentemente antiguas.