Escribe: German Mato Alves
Mes de la diversidad, una reflexión.
Soy un hombre cis y heterosexual. No respondo, al menos según los estereotipos con los que muchas veces nuestra sociedad intenta clasificar a los hombres, a aquello que algunos identifican como “gestos”, “formas” o “comportamientos” asociados a la homosexualidad. Mi apariencia, mi manera de vestir o de relacionarme probablemente no generarían, para muchas personas, esa sospecha. Y justamente por eso considero que puedo hablar desde un lugar particular: no porque mi heterosexualidad necesite ser defendida, sino porque he podido observar cómo esa acusación puede utilizarse contra otros hombres como una herramienta de descalificación, burla, debilitamiento o exclusión.
Desde hace tiempo me preocupa la facilidad con la que algunos hombres utilizan la palabra “homosexual” como un arma contra otros hombres, incluso cuando saben perfectamente que aquello que están diciendo no es cierto. A veces aparece como un chiste. Otras veces como una insinuación, una sospecha o una forma de desacreditar a alguien frente a los demás. Y en determinados espacios puede convertirse incluso en un mecanismo para cuestionar la pertenencia de una persona, su masculinidad, su autoridad o su acceso a determinados círculos.
Y creo que acá hay algo mucho más profundo que la llamada “masculinidad frágil”. Porque cuando acusar a un hombre de homosexual funciona como una forma de ataque, o exclusion, el problema no está solamente en quien recibe la acusación. También está en el significado social que todavía conserva la propia acusación. Si ser homosexual fuera completamente neutral dentro de ese sistema de relaciones, ¿por qué utilizarlo para humillar? ¿Por qué tendría que producir vergüenza? ¿Por qué un hombre heterosexual tendría que demostrar que no lo es para recuperar su lugar, su espacio, sus relaciones?
La contradicción es evidente: una persona puede ser heterosexual, saber perfectamente quién es y no tener ninguna duda sobre su identidad, pero igualmente verse obligada a defenderse de una acusación de homosexualidad porque entiende que, en determinados ambientes, esa acusación puede tener consecuencias sociales. No se trata necesariamente de inseguridad masculina. Se trata de poder. Se trata de pertenencia. Se trata de quién tiene capacidad para definir quién encaja y quién queda afuera.
Y ahí aparece, para mí, una de las dimensiones menos discutidas de la homofobia. La homofobia no afecta únicamente a las personas homosexuales. También puede funcionar como un mecanismo de disciplinamiento sobre los hombres heterosexuales, porque establece los límites de aquello que una determinada sociedad considera una masculinidad aceptable. Nos dice cómo tenemos que vestirnos, cómo tenemos que hablar, cómo debemos relacionarnos con otros hombres, cuánto afecto podemos mostrar, qué emociones podemos expresar y hasta qué intereses podemos tener sin correr el riesgo de ser señalados.
Cuando “parecer homosexual” se convierte en una amenaza, todos los hombres reciben un mensaje: hay determinadas maneras de ser hombre que pueden hacerte perder legitimidad frente a los demás.
Y entonces construimos una masculinidad cada vez más estrecha. Una masculinidad que parece exigir agresividad, distancia emocional, competitividad, dureza y una permanente necesidad de demostrar que uno es suficientemente hombre. Incluso cosas que deberían ser completamente normales pueden convertirse en motivo de burla: ser sensible, mostrar ternura, hablar de emociones, cuidar el medio ambiente, preocuparse por otros, rechazar la violencia o simplemente relacionarse con otros hombres desde un lugar afectuoso y sin miedo.
Desde una perspectiva de izquierda, para mí la diversidad también implica defender la libertad de construir nuestras identidades y nuestras formas de vivir sin quedar sometidos a moldes rígidos. Defender la diversidad sexual no significa solamente defender a las personas homosexuales, bisexuales o trans. También significa cuestionar una estructura cultural que pretende decirnos qué debe ser un hombre, cómo debe comportarse y qué características debe mostrar para ser aceptado.
Yo no quiero una sociedad donde un hombre tenga que demostrar constantemente que es heterosexual para poder pertenecer a determinados espacios. Pero tampoco quiero una sociedad donde la homosexualidad pueda utilizarse para quitarle legitimidad a alguien, excluirlo de un grupo o convertirlo en objeto de sospecha.
Y mucho menos quiero una sociedad en la que una persona tenga que defenderse de ser homosexual como si serlo fuera una acusación.
Porque ahí está, quizás, la cuestión más profunda. Mientras “homosexual” pueda seguir siendo utilizado como insulto, sospecha o mecanismo de exclusión, la homofobia continuará funcionando incluso cuando aparentemente nadie esté siendo expulsado por ser homosexual. Va a seguir funcionando cuando un hombre cambie su manera de hablar para no parecer gay. Cuando evite demostrar afecto hacia otro hombre para no generar comentarios. Cuando esconda determinados intereses. Cuando sienta que tiene que comportarse de una determinada manera para demostrar que pertenece. Y también cuando un hombre heterosexual tenga que aclarar que “no es gay” para recuperar la posición que otros intentaron quitarle mediante una acusación, esto me parece algo de ultra derecha, y tambien, parte del motivo por el cual hoy por hoy, la ultra derecha esta ganando en todo el mundo.
Por eso creo que el Mes de la Diversidad también debería servir para mirar un poco más allá de las consignas y preguntarnos qué tipo de sociedad estamos construyendo. Una sociedad verdaderamente diversa no debería ser aquella en la que simplemente toleramos al que es diferente, sino aquella en la que nadie tenga que demostrar permanentemente que no es diferente para poder pertenecer.
La libertad de ser no debería depender de cuánto nos parecemos a aquello que la sociedad espera.
Ser homosexual, heterosexual, bisexual o tener cualquier otra orientación sexual no debería convertir a nadie en una persona más o menos digna, más o menos masculina, más o menos respetable o más o menos capaz de pertenecer.
Porque ser hombre no debería ser una prueba que tenemos que aprobar frente a los demás.
Y ser homosexual nunca debería ser una acusación.